Que la Tierra gira alrededor del Sol ya había quedado claro -no sin despertar resistencia- durante el Renacimiento, aunque le haya costado caro a Galileo Galilei (Nicolás Copérnico, que lo había planteado más de 100 años antes, evitó la condena eclesiástica porque demoró la publicación de sus ideas hasta el año de su muerte).
Lo que quizá no tenga tan en claro mucha gente es que, al girar, el eje de la Tierra tiene una inclinación de 23,5 grados respecto de su plano orbital. Y posiblemente esté menos claro aún que ese sea un dato clave para entender el porqué de las cuatro estaciones: esa inclinación del eje hace que, mientras la Tierra realiza su órbita, los hemisferios se inclinan y por lo tanto están más cerca o más lejos de los rayos solares, explica la revista National Geographic en Español Así, a medida que avanzan los meses hacia junio (y con él, hacia el invierno) el hemisferio sur se aleja del Sol; su luz nos dura menos (decimos que los días “son más cortos”) y las temperaturas son más bajas.
En esa “danza”, los 23,5 grados de inclinación hacen que haya sólo dos jornadas al año en las que todo el planeta recibe la misma cantidad de luz y oscuridad: son los equinoccios. En la escuela aprendimos a ponerles “fecha fija”, y al otoño, en el hemisferio sur, le toca tradicionalmente el 21 marzo. Pero la precisión y la puntualidad del Universo no coinciden con nuestras humanas e inexactas herramientas para medir el tiempo. Y así es como, este año da la sensación de que el equinoccio “se adelantó”.
Así lo explica National Geographic: “la duración del año, en el calendario gregoriano, no coincide de manera exacta con el tiempo que tarda la Tierra en orbitar al Sol. A nuestro planeta le toma 365 días y seis horas, aproximadamente, dar una vuelta completa. Para evitar un desfase, cada cuatro años se le agrega un día a febrero. Por esta razón el momento exacto de los equinoccios varía de un año a otro”. Y por ese motivo, estamos “oficialmente” en otoño desde las 6.37 de ayer; durará 92 días y 18 horas, y dará paso al invierno el 22 de junio (también “fuera” del calendario).
El “clima” interior
Como no ocurría hace años, los rasgos típicos del otoño aparecieron en Tucumán puntualmente: el frío, las lluvias, las hojas amarillas... Y estos fenómenos externos también nos modifican internamente, afirma Natalia Barrera, fundadora y directora de la escuela Nefer, una institución que -describe su creadora- “ha evolucionado desde la interpelación y la síntesis del arte de la danza y la ciencia de la psicología”.
“Las culturas más antiguas veían en la naturaleza el ritmo de la creación; entendían que todo lo que habitaba en la Tierra hacía los mismos ciclos”, resalta Barrera, que es además creadora de un método que llamó Alquimia Femenina: parte de la base de que el linaje de mujeres que nos precede nos determina profundamente en muchos sentidos.
Y en ese marco, considera que las estaciones inciden no sólo en el clima: “en el otoño ancestralmente se hacían rituales de purificación y limpieza; y también para nosotros, que en este momento estamos entrando al otoño, es un momento de soltar, vaciarnos y dejar ‘caer’ esas estructuras viejas que, muchas veces, nos anclan al pasado y nos impiden renacer”, destaca y agrega: “limpiar: nuestra casa, nuestro cuerpo, nuestra mente... es una época de duelo, de dejar ir y ¡soltar!”.
La plenitud del año
“Se trata de entender que el otoño nos habla de renovación. Por eso, su etimología (N de la R: especialistas sitúan la raíz de la palabra otoño en el latín autumnus, que significa ‘llega la plenitud del año’); por eso a las personas que llegan a la madurez se les dice que están en el otoño de su vida, es decir el ‘auge de su vida’”, destaca.
“Así, el otoño invita a aprender a soltar, porque es lo que nos hace crecer; si no soltamos ‘esas hojas secas’ simbólicas, nos va a costar crecer”, agrega Barrera, que comenzó su carrera como decodificadora de síntomas, y luego estudió e investigó disciplinas como neurociencias, epigenética, hipnosis, neurobiología, física cuántica, programación neurolingüística y psicogenealogía, tratando de comprender cómo funciona nuestra mente, por qué nos enfermamos y por qué no logramos nuestros objetivos.
Asegura que aprender a despojarnos del pasado “es parte de un duelo”. “Por eso nos cuesta tanto soltar: sentimos vacío y, por miedo, pensamos que jamás lo llenaremos. Pero hay que pensar que el universo se genera desde el vacío; si no aprendemos a soltar y vaciarnos de lo viejo seguiremos en el pasado, repitiendo siempre las mismas historias -asegura-. La misma naturaleza nos enseña que todo tiene su ciclo, y si nos animamos a sincronizarnos con nuestro ambiente, la primavera llegará y en el verano disfrutaremos de los frutos de haber aprendido a soltar”.
Oportunidad
“Estamos entrando en una época de renovación y de transformación. Aprender a sintonizar con esta energía nos ayudará a atravesar las heridas del pasado que aún no están cerradas y nos impulsará a confiar en nosotros mismos -insiste-. El otoño nos habla de madurar, de entender que todo cumple sus ciclos y de que si aprendemos a soltar, podremos florecer con más fuerza”.